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Escuchar el dolor

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La antropóloga Fiona C. Ross sostiene que Sudáfrica ha avanzado trascendentalmente en el cumplimiento de los derechos de las mujeres. Esto se refleja en la instalación de comisiones de la verdad, políticas públicas, medidas de acción afirmativa y procesos de igualdad de oportunidades. No obstante, ella comenta que independientemente de los avances, la desigualdad de género y la violencia contra las mujeres siguen siendo los mayores obstáculos para alcanzar la verdadera democracia en Sudáfrica. Así pues, en un texto conocido como An Acknowledged Failure. Women, Voice, Violence, and the South African Truth and Reconciliation Commission, Ross analiza las circunstancias bajo las cuales las mujeres víctimas de violencia sexual deciden hablar públicamente de los agravios sufridos, o eventualmente, callar.

Ross examina estas circunstancias a partir de varios casos. Sin embargo, en esta columna deseo rescatar su interpretación del juicio contra el expresidente sudafricano Jacob Zuma por violación. Este caso me permite reflexionar sobre la falta de empatía y solidaridad con las mujeres víctimas de violencia sexual que deciden relatar su dolor en espacios como tribunales, audiencias y medios de comunicación. Asimismo, me deja interrogar por qué cuesta tanto entender que, ante la impunidad y las amenazas de muerte frecuentes, las víctimas deciden no denunciar y encontrar en el silencio su dignidad.

En el año 2005, una mujer identificada por la prensa y los tribunales como “Khwezi” denunció a Zuma por violación. Ella relató que Zuma solía ser un amigo cercano de su familia y que había compartido numerosos momentos con él durante su infancia en el exilio. Zuma era una persona tan importante para ella que lo llamaba umalume, es decir, tío. El juicio fue polémico no por la gravedad de las acusaciones que recayeron sobre él, sino por el oprobio del cual fue objeto la víctima cuando decidió hablar del agravio. Durante las audiencias y en diferentes espacios mediáticos se afirmó que la intención de Khwezi era destruir la carrera política de Zuma. Ella fue representada como una ramera oportunista, como una persona histérica que confundía sexo consensual con violación, y como una tramposa. Al final del proceso, Zuma fue liberado de los cargos y Khwezi se asiló en Holanda junto a su madre luego de un matoneo intensivo y de recibir amenazas de muerte en su país de origen. En el 2016 falleció como consecuencia del VIH. Su nombre real era Fezekile Ntsukela Kuzwayo y trabajó durante varios años como activista de derechos humanos.

A partir de este caso particular, Ross muestra que la decisión de hablar públicamente del dolor ocasionado por la violencia sexual tiene consecuencias para las víctimas. De igual manera, la antropóloga evidencia que estas tienen a la mano un repertorio complejo de opciones para superar el dolor que no siempre está relacionado con la obligación de denunciar ante tribunales e instituciones de justicia. Precisamente, el silencio es parte importante de esos repertorios. Cuando hablar del daño sufrido tiene implicaciones nefastas para la vida y la integridad, el silencio y la no denuncia se plantean como opciones para las víctimas de violencia sexual.

Lo anterior me llevó a acontecimientos recientes en Colombia. Dado que en nuestro país la impunidad frente a hechos de violencia sexual sigue siendo una constante, pienso que mis palabras pueden ser oportunas. Mientras no exista acceso a la justicia para las mujeres, hablar de estos temas siempre será pertinente.

Hace algunos meses la periodista Claudia Morales decidió hacer pública su experiencia de violación a través de una columna de opinión. En esta columna, titulada Una defensa del silencio, Morales nos habló del dolor que sufrió. Nos contó que su agresor era, y sigue siendo, un hombre importante en la vida pública nacional. Posteriormente, describió a su agresor como una persona poderosa y sumamente peligrosa. Y nos dijo: “Hoy, con 44 años, reviso el momento que tengo grabado como una foto y no me arrepiento de haber guardado silencio”.

Morales fue atacada repetidamente por personas que consideraban más importante la reputación del agresor que la integridad de ella como víctima, mujer y periodista. Al igual que aconteció con Fezekile, se afirmó que el pronunciamiento de Morales tenía intencionalidades políticas como atacar al Uribismo. Su defensa del silencio fue opacada en diversos sectores de la sociedad colombiana gracias a la propagación de esta idea, pero hubo personas que entendimos el sentido que adquiría su historia. El silencio por el que Morales abogaba portaba un mensaje claro: en un país donde los poderosos se erigen por encima de cualquier persona –acudiendo a recursos como el dinero, el poder y la violencia misma–, no denunciar es una manera de sobrevivir. La historia de Claudia Morales es un ejemplo de cómo se puede convertir el dolor en un motor de cambio. Hoy la reconozco como una gran periodista que brilla por algo muy importante para todos: su dignidad.   

La falta de empatía, solidaridad y comprensión de las decisiones de las mujeres víctimas de violencia sexual frente a la posibilidad de denunciar o no, se sitúan en el proceso histórico por el cual se ha configurado el patriarcado en Colombia. La insensibilidad de las personas frente a los relatos de sufrimiento de estas mujeres también se origina en la reproducción de ideologías donde ellas siempre serán las culpables de su propio abuso; estas se propagan en el contexto de instituciones como la familia, la escuela, las congregaciones religiosas y los tribunales. En los tiempos actuales es vital desarrollar modos de escuchar atentamente lo que las mujeres víctimas tienen para decirnos sobre su dolor y sus formas de sobrevivir. Al mismo tiempo, necesitamos dialogar con ellas para desmantelar las opresiones y las múltiples violencias que se reproducen en Colombia.

Vivian Martínez Díaz
@VivianMartDiaz

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