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Maputo, Medellín y la #UPBenFalda

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En el año 2016 surgió una polémica medida en Maputo, capital de Mozambique. El Ministerio de Educación prohibió el uso de faldas cortas para niñas y adolescentes en las escuelas públicas. Las autoridades educativas de ese país consideraron que la medida era propicia para prevenir el acoso sexual y la violencia contra las mujeres en espacios educativos e incluso, en las mismas calles. En consecuencia, las escuelas oficiales determinaron el uso de maxi-saias o ‘maxi-faldas’ como requisito para acceder a las aulas.

Ante la prohibición, diversos colectivos conformados por madres de familia, activistas de derechos humanos y feministas europeas prepararon manifestaciones. Las integrantes de tales colectivos afirmaban que la medida anunciada por el Ministerio de Educación asumía que las niñas y adolescentes eran culpables de su propio acoso, y que la forma de vestir no debía animar agresiones de ningún tipo. En un gesto absolutamente arbitrario, la policía reprimió una de las protestas pacíficas arrestando a varias activistas sin el debido proceso y deportando a feministas extranjeras. Para académicas y militantes, el motivo de estas acciones fue castigar la oposición a la tradición africana que ordenaba  la subordinación de las mujeres, y detener la supuesta occidentalización de la cultura mozambiqueña de la mano del discurso de los derechos humanos.

Muchos debates se han dado en torno al término “tradición africana”. Por ejemplo, Teresa Cunha sostiene que este se usa para justificar la sumisión y la violencia contra las mujeres. En su trabajo titulado La invención de las mujeres, Oyèrónkẹ́ Oyèwùmí encontró que el orden sexual jerárquico que ubicaba a hombres y a mujeres en lugares desiguales fue producto de la imposición de la modernidad occidental en los territorios africanos colonizados por Europa. Esto fue demostrado en su estudio sobre el género en la sociedad yoruba que habitaba lo que hoy conocemos como Nigeria. Basada en su investigación, la socióloga afirmó que la subordinación de las mujeres se instaló en esta sociedad por medio del derecho y la interacción cómplice entre hombres blancos y africanos.

Desde mi perspectiva, la subordinación de las mujeres pasó a ser parte de una tradición africana que recogía muchos de los elementos de la interpretación dominante del Génesis de la Biblia, donde el pecado, la sinuosidad y el deseo que portaba Eva debían ser contenidos. En el pensamiento occidental de los siglos XVIII y XIX, que guió gran parte de la empresa colonial en África, las Américas y Oriente, la jerarquía entre los sexos fue la piedra angular del orden social. En su libro sobre antropología feminista, Lourdes Méndez explicó que este orden social fue dictado por la naturaleza, ratificado por las costumbres y posteriormente, legitimado por el derecho. Bajo dicho orden, las mujeres fueron concebidas como sujetos peligrosos por su emocionalidad y su orientación psicológica hacia el deseo, razón por la cual se impusieron normas rígidas sobre ellas. Entre estas normas estaba el recato a la hora de vestir y la mesura en la conducta sexual. De este modo, se esbozaba la idea de que las mujeres eran el problema, y que debían ser subyugadas por los hombres para garantizar la reproducción tanto biológica como cultural de las sociedades.

La visión de que las mujeres son el problema y de que su sexualidad debe ser controlada por todos los medios para evitar la mirada morbosa, el acoso y la violencia sexual ejercida por los hombres, está presente en los discursos que operan dentro de las instituciones y que definen las políticas educativas. Es así como percibo puntos en común en las medidas implementadas en Maputo y en las recomendaciones publicadas por la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín (UPB) acerca del buen vestir de las estudiantes.

Hace algunas semanas la UPB publicó una nota titulada ¿Cómo vestirse para ir a la Universidad?, donde recomendó a las estudiantes evitar el uso de shorts, escotes muy profundos, ropa ajustada y minifaldas. Esto, para no distraer la atención de los compañeros y profesores con ropa que no fuera discreta. En respuesta a esta recomendación, estudiantes, profesoras y activistas empezaron a mover sus reivindicaciones a través del hashtag #UPBenFalda. En diversos trinos de Twitter, las mujeres vinculadas a la institución o comprometidas con el ejercicio de los derechos, reclamaron el intento de la universidad por controlar la conducta de las estudiantes y cuestionaron la naturalización de la violencia sexual en el campus. Como resultado del descontento, las directivas de la UPB emitieron un comunicado donde aclaran que no fue su intención condicionar el vestuario de las estudiantes y pidieron disculpas.

En Maputo y Medellín se refleja cómo la narrativa dominante que culpa a las mujeres por su propio abuso y que ordena su sometimiento por la fuerza orienta las medidas de muchas instituciones educativas tanto públicas como privadas. Esta narrativa se sitúa en un pasado histórico que necesitamos interpretar para hallar formas de transformar las relaciones desiguales entre hombres y mujeres, y crear ambientes libres de violencia. El diálogo entre mujeres de distintos continentes alrededor del sufrimiento, el dolor y la pena causada por el patriarcado es importante para lograr estos fines. Si bien la historia de las mujeres da cuenta de la vivencia de una opresión compartida, también está teñida con formas de resistencia frente a la violencia vivida cotidianamente. Las mujeres que se movilizaron en Maputo y en Medellín contra la normalización de las agresiones patriarcales en instituciones educativas lo ejemplifican.

Vivian Martínez Díaz
@VivianMartDiaz

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Candidata a Doctora en Antropología de la Universidad de los Andes. Investigadora interesada en temas de género, política y pueblos indígenas en América Latina y Colombia.