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Caballero

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Luego de la columna “Acoso”, del 16 de diciembre de 2017, escrita por Antonio Caballero y publicada por la revista Semana, se presentó una avalancha de columnas, casi todas escritas con pluma femenina, atacando al reconocido periodista, opinador y caricaturista, quien fue objeto de críticas que no lo bajaban de machista, misógino, miembro de esa cultura decimonónica que concebía como ‘normal’ el maltrato masculino a sus congéneres femeninas, o perteneciente al “curubito del poder y los privilegios (blancos, aristócratas, cisgénero, educados) no se dan cuenta de que esas supuestas irreverencias no son más que reafirmaciones de statu quo”, como lo indicó Catalina Ruiz-Navarro en su columna Pacto de Caballeros, del 20 de diciembre del mismo año.

Volví a leer la columna primigenia de Antonio y concluyo que sigue siendo Caballero. Me explico: parece haber una mala interpretación en sus palabras. Por lo tanto, no lo defiendo a él, sino a las justas proporciones que merece la situación, y de las que él hizo mención en su siguiente columna “Acoso 2” del 23 de diciembre de 2017.

La primera crítica que lanza el columnista, en la forma en que lo entiendo, es a la reacción “epidémica” sobre los casos de acoso y la forma en que los medios “populacheros” lo han tomado. Frente a lo primero, no está negando Caballero la posibilidad de que las mujeres denuncien. Todo lo contrario: clama por que las mujeres puedan decir no a quienes “se lo piden de tan tosca manera”.

Habrá entre los casos denunciados públicamente situaciones de verdadero acoso y maltrato. Lo que critica el autor es la banalización de la que puede ser víctima el verdadero acoso, si se confunde con situaciones que no lo son. Contextualicemos: no está haciendo referencia a la situación de las mujeres en un colegio de señoritas en un pueblo pequeño católico en Colombia, sino a aquellas que viven y han vivido de su éxito en la industria cinematográfica o política en los Estados Unidos, es decir, que puso su mirada en un “club de ricos”, que tiene estándares de comportamiento diferentes al de las señoritas del hipotético pueblo.

Lo otro que critica Caballero en esa primera parte es la reacción de los populacheros medios de comunicación, que gastan más tinta en las arandelas de la historia, que en el fondo del acoso. Se mueven más por el morbo producido sobre quiénes lo han hecho y qué sucederá con la serie protagonizada por el acosador, que por el dolor de las verdaderamente acosadas.

La infaltable Catalina Ruiz-Navarro se equivoca al criticar a Caballero, específicamente cuando trae a colación la situación de la becaria que tuvo particular desempeño en la oficina Oval de la Casa Blanca, durante el gobierno de Bill Clinton.  Olvida Catalina, posiblemente, que allí hubo consentimiento de Mónica.  El gran pecado fue la actitud de Clinton al mentirle al congreso de su país.

Caballero tampoco defiende a Trump, como algunas lo han insinuado.  Asume como cierto que por lo menos 16 mujeres hayan sido maltratadas por el opíparo presidente gringo.  Lo que reclama el columnista es que se haga una distinción entre aquellas mujeres que fueron sexualmente agredidas, respecto a otras que fueron tocadas en el culo o las tetas por Trump. Es cierto que en todos los casos hubo abuso, pero no en todos hubo acoso, o habría que establecer cuántas de ellas sintieron el asco que describió con excelsa pluma Yolanda Ruiz, en su columna Acoso y Seducción, también en El Espectador del 20 de diciembre.

A renglón seguido, hizo el columnista una descripción del consuetudinario comportamiento de Trump. Su constante abuso en todo y sobre todos. La noticia no es el manoseo, ni lo grave del asunto es el acoso. Lo grave es que dicho comportamiento lo lleva también a ámbitos militares y políticos, y esa debería ser la principal preocupación del orbe.  No es que las situaciones de acoso o abuso no sean relevantes, pero de ellas no se va a generar, en condiciones normales, la tercera guerra mundial.

Me gustaría hacer esta reflexión mientras repaso las imágenes de las más recientes “alfombras rojas” en los momentos previos de las entregas de galardones, e incluso en las mismas ceremonias transmitidas por televisión satelital. La primera imagen que se viene a mi cabeza es la de la bella Halley Berry anunciando el premio a mejor actor, y la atípica celebración del excelente actor Adrien Brody en 2002, quien, en pleno escenario, al recibir la estatuilla, le dio un apasionado beso en la boca (¿en dónde, si no?) a Berry. ¿Fue una actitud de acoso? ¿Fue abuso sexual? ¿Debemos encarcelar a Brody? ¿Empalarlo?  De nuevo: contextualicemos.

Las talentosas y hermosas actrices angloparlantes llegan engalanadas a cada alfombra roja, adornadas de vestidos de importantes modistos y con tantas piedras preciosas, que parecen un Zipa en el Museo del Oro. ¿Por qué muestran sus cuerpos, si lo que se va a premiar es su talento histriónico? Podrían llegar en camiseta, jeanes y tenis, lucirían igualmente bellas y estarían más cómodas para subir al escenario a recibir los merecidos premios.

A lo que voy es que en ese círculo en el que se desenvuelven las actrices, hoy quejosas, el manoseo es cosa de todos los días, y por lo mismo ellas podrían decir no, a quien de forma tosca se lo pida.  Equiparar en ese círculo una violación o agresión sexual con una mano que por debajo de la mesa acaricia una rodilla no es proporcional. No interpreto que Caballero prohíje uno u otro acto, sino que él reclama que no se le dé preponderancia a lo que no la merece, y se ocupen los medios en los asuntos de fondo y no en lo populachero.

En este punto no tengo que hacer esfuerzos interpretativos sobre lo que escribió Caballero, sino simplemente transcribirlo, porque en las frases que siguen está, a mi modo de ver, el eje de la columna, y no en las tetas y culos que resaltan sus opositoras:

Que eso sea lo habitual, dicen, lo normal, es justamente lo que agrava el asunto, porque revela la existencia de una cultura patriarcal y machista en la sociedad contemporánea. Sí. Pero lo que agrava el asunto es la confusión entre unas cosas y otras.

Es malo confundir esas cosas con el verdadero abuso sexual, porque esa asimilación banaliza y disculpa este”.

Ruiz-Navarro, por su parte, lleva el asunto al extremo: “Si es su empleada, alumna, hija, aprendiz o lo que sea que lo ponga a usted en una situación de poder sobre ella, no haga insinuaciones sexuales. Fin.

Ella hace una generalización innecesaria, como si todos los hombres fuésemos abusadores o acosadores, y hace un llamado para que no haya una sola insinuación sexual, cuando medie una situación de poder, cuando la única válida, a priori, es la de la hija. Admitir que esa es la solución, como predijo el mismo Caballero, “conduce a la desaparición de las relaciones amorosas, y sí, sexuales, entre los varios sexos” y hará que la distribución física de hombres y mujeres en oficinas, servicio público de transporte, teatros, cinemas y fiestas, deba ser como en aquellas iglesias decimonónicas, en las que los hombres se apostaban en un costado y las mujeres en el otro. ¿Solucionará el problema del abuso sexual? Creo que no.

Correr el lindero del concepto del abuso sexual a lugares que evidentemente no lo son, llevará a que una desinteresada invitación a almorzar, un saludo de beso en la mejilla, o el ofrecimiento de la mano para bajar un empinado escalón puedan ser tomados como situaciones de abuso, simplemente porque el hombre de esa relación tiene un poder superior que la mujer. El resultado será que se engrosarán las estadísticas sobre abuso, y hará imposible la vida en sociedad.

La interpretación que hago de la columna de Caballero es que la banalización del acoso puede llevar a que suceda con él lo mismo que lo ocurrido en la fábula del pastorcito mentiroso: serán tantas y tantas las tocadas de rodilla denunciadas, que cuando se denuncie una verdadera situación de abuso sexual, no se le dará la importancia que merece.

Bonus track: Deseo los mayores éxitos a todos los lectores de Nuevo Diario, a los lectores consuetudinarios de esta columna, a los compañeros de pluma y a todas las personas para el año que comienza. Es un nuevo inicio, un nuevo ciclo gregoriano que requiere las mejores energías. Feliz año nuevo.

Káustico

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