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Los menos peores

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La Colombia decente, esa que votó porque no siguiéramos matándonos, que sufre con los niveles de corrupción y cinismo de nuestra clase politiquera tradicional, es como ese amigo al que le ha estado yendo mal en la vida hace muchos años, que se enfermó porque su mujer lo dejó y que por la enfermedad perdió el trabajo; que ha pasado mil hojas de vida y al que sus ahorros se le fueron pagando la hipoteca de la casa que, sin embargo, está a punto de perder; un amigo que se muere de hambre y al que uno invita a comer a la casa, consciente de su situación, pero que cuando se le sirve la comida hace una mueca de fastidio y una pequeña escena porque él, bajo ninguna circunstancia, piensa tomarse un jugo de guayaba.

Digo esto por la cantidad de opiniones que se leen día a día de gente decente, esa que no quiere que algún representante del Odio y el Miedo sea el próximo presidente de Colombia, en las cuáles, por defender a su candidato “alternativo”, se muestran en contra de los demás y de su posible unión para llegar al poder. Para estas personas, aparentemente sensatas, los otros candidatos siempre tienen un defecto destacable que, además, haría imposible que votaran por la posible coalición. Que Claudia López se considera a sí misma la Juana de Arco anticorrupción, pero es amiga de Peñalosa. Que Petro, con su ego y su delirio de persecución, será un problema para conformar un equipo de gobierno, como ya se comprobó en Bogotá, y un obstáculo para superar la polarización del país. Que Fajardo y su típica incapacidad Mockusiana para definir sus posiciones frente a cualquier persona, animal o cosa, lo convierten en el gallo tapado de cualquier vertiente política, sancta o non sancta. Que a Robledo su sectarismo caníbal lo hace estar más cerca ideológicamente de sus enemigos que de sus amigos. Que a De la Calle su pasado como liberal lo descalifica para ser opción de cambio. Mejor dicho, que ninguno de los candidatos es perfecto. Que todos esos defectos se sumarían y sus pocas virtudes se anularían en una posible coalición. Y entonces, como siempre, no hay salida. Para qué votar si esto ya está perdido.

Y, mientras tanto, la ultraderecha se frota las manos viendo cómo los puristas de la política se quedan en sus casas, resignados, peleando entre ellos, mientras ella se une y alista la plata para comprar los votos que le permitan volver al poder, esta vez en el cuerpo del nefasto delfín nieto del político que aparece en el billete de más alta denominación y que utilizó su posición en el gobierno que ahora odia para lograrlo. Así, mientras el colombiano decente espera la venida gloriosa del salvador perfecto y sin mácula que nos lleve por el camino del porvenir con su gran carisma e inteligencia superior (¿les suena conocido?), el pusilánime expresidente hijo del ladrón que se robó unas elecciones y el expresidente director del Partido del Miedo y el Odio olvidan los insultos y las graves acusaciones que se proferían uno al otro hace tan solo un par de años y se unen, sin asco, para volver a instaurar la guerra que no pudo acabar el uno (con una negociación que le entregó una buena porción del país al enemigo a cambio de nada) o ganar el otro (inflando las cifras de muertes en combate con los miles de jóvenes asesinados a sangre fría y disfrazados de guerrilleros a lo largo y ancho del país).

Si algo se puede aprender de la ultraderecha es su pragmatismo. Ni López, ni Petro, ni De la Calle, ni Robledo, ni Fajardo son lo mejor de la política colombiana. Lo mejor de la política colombiana está ahora afuera de la política, porque así lo han querido los políticos tradicionales desde siempre. Su intención ha sido volverla un lodazal de inmundicias para que solo los más asquerosos se sientan a gusto en ella. Y si la gente decente sigue esperando por un candidato perfecto para salir a votar, lo único que está haciendo es convertirse en cómplice de sus verdugos. Porque los corruptos y los criminales no llegan al poder por los votos comprados sino por los que no son depositados en su contra. Los candidatos de la posible coalición son lo poco que ha podido sobresalir en medio de tanta podredumbre. No son lo mejor, son lo menos peor. De acuerdo. Pero por algo tendremos que empezar para que algún día lleguen los mejores. En este caso, exigiéndoles primero que se unan y después saliendo a votar por ellos. La paz, no la firmada en un papel sino la de verdad, así lo requiere.

Santiago Jiménez Quijano
@Santiajojq

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