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“El terror nos recuerda que somos mortales y apenas humanos”

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Foto: Editorial Calixta

La literatura está llena de plumas anónimas y poderosas, capaces de contar historias imposibles. Las editoriales independientes han asumido la tarea de darle voz a esos escritores que han acumulado a lo largo de años de trabajo incansable historias que el mundo merece conocer. Los escritores independientes, también, han asumido su libertad creadora y se han arriegado a escribir sin cánones y sin pensar en las presiones de la gran industria editorial.

Gabriela Arciniegas es una de esas plumas que escribe sin miedo. Sus letras tienen fuerza y están impregnadas de la pesadumbre de la realidad. Ha escrito novela y poesía y es capaz de moverse por ambos mundos con naturalidad y destreza y de hecho, acaba de lanzar su libro de poemas “Lecciones de vuelo”. Hablamos con ella sobre su trabajo y sobre lo que implica atreverse a contar historias que la gran industria editorial no se atreve a visibilizar.

¿Qué te lleva a escribir terror? ¿Hay una inspiración en la realidad o lo que escribes es enteramente parte de la ficción?

Yo no escribo terror. Yo estudio el alma humana. Fui hija ilegítima en los años 70 en una familia tradicional, en una Bogotá pacata y clasista. Por si fuera poco, mi madre, ya segregada por ser madre soltera, siendo Jefe de Biblioteca de la Jorge Tadeo Lozano, denunció una red de robo y corrupción en dicha institución, y dicha red, enraizada entre las altas esferas de la universidad, se encargó de hacerle la vida imposible hasta que la hicieron echar. Esto le causó una parálisis cervical y facial, y aunque logró recuperarse parcialmente, sufrió de dolor y espasmos crónicos hasta su muerte, que los médicos no lograron identificarle ni tratarle. Yo tenía tres años cuando eso y no alcanzo a tener una imagen de mi madre antes de su enfermedad. Gran parte de su familia le dio la espalda entonces, la gente nos miraba en la calle, se burlaba de ella. En el colegio mis compañeras tenían doble motivo para hacerme matoneo: mi origen y la apariencia de mi madre. Y en casa, mi relación con ella fue la relación de una niña con una mujer cansada, adolorida, irritable y que además costaba mirarla. Así que viví en una historia de terror desde niña. Y si le preguntan a cualquier escritor, la respuesta va a ser más o menos la misma. La ficción siempre tiene su asidero en la realidad.

¿Dónde hay más terror entonces? ¿En la realidad que vemos a diario en las noticias, en la calle, en cualquier lugar, o en la literatura?

El terror existe desde los albores de la humanidad. Las civilizaciones se han levantado entre estampidas de mamuts, batallas, pandemias, es algo que tenemos grabado a puñaladas en el alma: la certeza del peligro. Y la primera literatura, más aún, los primeros relatos antes de la escritura, relataban enfrentamientos de héroes contra monstruos terribles. Los primeros cuentos folklóricos recopilados por escribas, y los mismos cuentos maravillosos de los Grimm por ejemplo, hablan de como el héroe pudo sobrevivir a esos monstruos. Nosotros somos sus descendientes. Pero vivimos siempre con el mismo miedo del cromagnon en su cueva, viendo entre las sombras del fuego al tigre que viene a devorarlo. La literatura sirve para expresar ese miedo, para recordárselo al lector. El terror nos recuerda que somos mortales y apenas humanos.

¿Crees que el terror es un género dentro de la literatura poco valorado?

La palabra terror es un reduccionismo para una forma de aproximarse al mismo problema de la no-ficcion: entender a la humanidad. Los grandes escritores latinoamericanos del siglo XX escribieron terror: Borges es un claro ejemplo. Él escribió historias policiacas y de terror. El Aleph es terror del más puro. El Sur, Las ruinas circulares. Yendo más atrás, autores angloparlantes como Stevenson, Poe, Wells, nos iniciaron en la lectura con sus relatos espeluznantes. Pero no sólo por hablar de monstruos inventados sino porque hablaban de la propia monstruosidad del alma humana. El terror verdadero, como todo género, es crítico con la sociedad y con el ser humano en general. Sin embargo creo que es parte de la pacatería de nuestro país (y un vaho izquierdoso de muchos que sólo creen en la crónica como única literatura y único compromiso social posible) pensar que lo que trasciende las barreras de lo inmediato y noticioso es ya una aberración y no merece ser incluida en los anales de nuestra historia literaria. Pero no hay que olvidar que los habitantes de toda América creían en los sueños como material inagotable de reflexión sobre la cultura y sobre los malestares que residen en ella.

¿Qué te lleva de la prosa a la poesía?

La poesía es la médula de toda escritura. Un texto que carezca de poesía pierde su literariedad y se vuelve mera anécdota o noticia que mañana va a morir. Un texto sin poesía pierde su trascendencia, sus alas. Así que escribir poesía pura es simplemente revisitar esa música que anima la narrativa. Es como afinar un piano.

¿Tienes una rutina para escribir? ¿Es distinta cuando escribes un género u otro?

Yo siempre estoy escribiendo. Cuando camino, cuando como, cuando estoy en una reunión, siempre estoy tomando nota mental de lo que veo, e intentando pasar los estímulos que llegan a mi cerebro a la escritura. Pero ya para pasar eso al papel no respondo sino por pulsiones: dolores, deseos, iras, asombros. Ahí me pongo frenética a teclear o rayar el papel hasta terminar. A menos que sea una novela, pues con éstas los ciclos son largos, tienen pausas entre sí, retomo, dejo, y así.

¿Cómo ha sido tu relación con la editorial?

Con las grandes, pésima. Muy poca seriedad. Con algunas pequeñas también. Me han sacado canas verdes. Y como no me gusta mucho participar en concursos, termino viéndome abocada a lidiar con un mundo muy distinto del mundo que hay en mi cabeza. Pasar del mundo de “me fluye, no me fluye” al “se vende, no se vende” o al “no te van a entender”. Entonces no es fácil. Lo otro es que apostarle a lo que llaman “de género” es una cuestión muy a largo plazo, el público colombiano hay que irlo conquistando para que así como lee a Rowling o a Martin o a King, lea colombiano. Hay editoriales que no están dispuestas a ese trabajo, lento, arduo, a veces no tan fructífero como otros géneros más de moda. Así que precisamente por eso después de Bestias, mi último libro de cuentos, que publiqué con Laguna Libros, he cambiado de editorial, y con ellos estamos en proceso de edición de otro libro, también de cuentos, “Los cuentos del Café Flor”.

¿Qué estás leyendo en este momento?

Estoy comenzando un doctorado en ciencias humanas en Chile, y como proyecto quiero trabajar la novelística de una de mis autoras favoritas: Clarice Lispector. Estoy leyendo de ella un libro que se llama “La pasión según G.H.”, una novela filosófica casi surrealista que explora el tema de la xenofobia, el clasismo y el racismo desde lo ontológico. Y es también terror: es el encuentro de una mujer burguesa y una cucaracha, tema que yo había explorado también, sin haber leído esta novela, en uno de mis cuentos, Blatta, incluido en Bestias. En el mío la narración está focalizada en la cucaracha, en Clarice (maestra) es la mujer la que narra. Es un libro maravilloso éste de Lispector. Los brasileros nos llevan años luz en la literatura, pienso que hay que mirar más hacia nuestro hermano país.

¿Escuchas música cuando estás escribiendo?

Algunas veces, para conseguir una ambientación determinada o poder captar la esencia del personaje del que quiero hablar. Mi madre era pianista, me gesté con sonatas de Chopin, no puedo vivir sin la música, intenté aprender a tocar piano, toqué algunas cosas, ahora por una enfermedad en los brazos ya no puedo, casi no puedo escribir tampoco, pero la música está siempre en mi cabeza.

¿Crees que la industria editorial es machista?

El país es machista. Oyèrónkẹ́ Oyěwùmí, una estudiosa africana, dice que cuando Europa conquistó sus colonias en África, se unieron dos patriarcados, el africano y el europeo. En nuestro caso son más, porque a Colombia llegaron migraciones del Medio Oriente, del Lejano Oriente, más las múltiples comunidades africanas, más el que ya había, de los pueblos indígenas (porque no podemos caer en el error de idealizar los pueblos americanos y en la mayoría regía el patriarcado). Y cada patriarcado venía con sus mañas. Entonces, como dice ella, hay que identificar las características de cada uno antes de emprender una lucha por la igualdad, de género y también de etnias. Ahora con este revuelo por la segregación hacia las mujeres en el encuentro en París, pienso que hay que resaltar esta igualdad aún no lograda. Y cuando hablo de igualdad no hablo de clones, sino del respeto por el otro, que no existe en Colombia. El mundo intelectual en nuestro país es terriblemente cerrado, prejuicioso, tan corrupto como nuestra política, y más aún hacia quienes emprendemos un camino por estas miradas ficcionales de ese, como ya dije, mal llamado “terror”, y de la ciencia ficción. Es por eso que quienes exploramos estos enfoques somos doblemente segregadas y no somos ni siquiera consideradas para antologías “nacionales” de cuento. El mundo editorial, que es como ese apéndice capitalista del mundo intelectual, es igual de sesgado, no hacen convocatorias públicas, llaman a los amigos. Sobre las editoriales nuevas considero que se salen un poco de esa dinámica autorreferente y ombliguista bukovskiana y pornomisérica de las casas editoriales tradicionales, y le apuntan a propuestas distintas, diversas tanto en género como en… género. Incluso los grandes, como Planeta, están mirando hacia otros horizontes. Ejemplo de ello es la antología hecha para Plan Lector, construida con puro talento colombiano de ciencia ficción, con colaboración de autores y autoras como debe ser y con mucha calidad. En esa recopilación sí tuve el orgullo de participar y el compilador, Rodrigo Bastidas, fue muy juicioso a la hora de convocar: convocó a gente que no eran sus amigos, los convocó por la lectura juiciosa de su trabajo. Ahora… El público es otra cosa. Porque entre lograr que te publiquen y lograr que te compren hay un abismo. El público, lo he vivido, prefiere comprar autores que autoras. Y no va más allá. Falta también educación al respecto.

¿Cual es la historia que te falta por contar?

La historia de mi vida. Aunque siempre voy dejando pedacitos de mí en cada cuento, quiero poder expresar todo lo que tuve que vivir, siendo mujer, sin un padre, con una madre enferma en una relación destructiva, tal vez a alguien le sirvan las decisiones que tomé para sobrevivir. Aunque estoy haciendo trampa en esta respuesta porque ya llevo algo adelantado.

¿Qué estás escribiendo actualmente?

Aún me encuentro trabajando en un libro sobre los tiempos de Troya. Y estoy debutando como ilustradora del libro que saldrá pronto con Siete Gatos, “Los cuentos del Café Flor”. Una falla humana me hizo reconciliar con el dibujo así que estoy frenética tratando de terminar esa parte para que el libro salga pronto. Queremos que salga bien, pero yo misma me presiono porque creo que es un trabajo hermoso hecho con dedicación y con dolor y que va a gustar mucho.

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