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Cadenas y papeles

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Ella cargaba una tristeza larga de años y la arrastraba como una cadena vieja. Él andaba con papeles arrugados en los bolsillos en los que escribía canciones que nunca cantaba. A veces ambos eran uno solo, ella con su tristeza encadenada y él con sus canciones de papeles arrugados y se iban a caminar y a tomar café. Cuando ella se iba con el mundo a cuestas, cuando ya las luces de la ciudad parpadeaban de cansancio, él se quedaba juntando monedas para cigarrillos y volvía sobre las mismas calles, tarareando canciones sin letra. Y así volvían a sus cadenas, a sus papeles arrugados.

A veces hablaban de irse, de dejar de creer en las fronteras y de burlarse de las reglas: para qué el trabajo, para qué la iglesia, para qué el pecado, para qué las lecciones, para qué la opulencia. Ella decía que los actos nos definen y que a las palabras se las lleva el viento y él le respondía que las palabras eran todo lo que tenía y que por ende, sus palabras eran actos. Ella temía a los significados: temía a lo que le habían dicho que significaba amor, odio, felicidad, eterno, porque creía que amor significaba dependencia y que felicidad significaba propiedad. Y entonces jugaron a darle significado a las palabras: juraron que lo que había entre ellos era amor y que los “para siempre” no importaban porque el tiempo que tenían juntos bastaba. A veces se paraban en una esquina a hablar y se quedaban quietos mientras las luces iban y venían, a veces ella le sacaba los papeles arrugados del bolsillo y le ponía música a sus canciones mudas, a veces él la abrazaba y le iba quitando eslabones a su cadena hasta que no fue más que un recuerdo arrinconado. Y así, jugaron a deconstruir los significados de las palabras y juraron curarse de sus miedos y largarse por el mundo sin ninguna prisa: para qué el tiempo, para qué las promesas, para qué lo eterno, para qué todo lo demás.

Y se quedaban cantando canciones, libres de sus cadenas y de sus papelitos, libres de sus culpas, de sus miedos y de los significados. Fueron libres del amor y de la opulencia, de la eternidad y sus dictados, de la felicidad y de los pecados. Fueron libres para no prometerse nada distinto a estar, a “estar no más”, como los muñecos de trapo: se quedaron con lo que tenían porque con eso bastaba.

Se quedaron con las palabras y se quedaron con los actos. Se quedaron con sus actos.   

Andrés Castañeda M.
@acastanedamunoz

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