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Democracia representativa

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Los sistemas democráticos occidentales no son invento reciente.  De los primeros esquemas de democracia participativa directa de los que se tiene noticia, están los de la antigua Grecia, en donde los ciudadanos –no las personas- tenían participación en la toma de decisiones, a pesar de que desde entonces, por razón de la clase y posición económica, unos tenían mayor peso que otros en la toma de decisiones.

El sistema democrático fue concebido como contraposición a otro tipo de sistemas utilizado por agrupaciones, tribus, clanes, que pudieron funcionar o no. A manera de ejemplo, una sociedad puede organizarse con el objetivo de que sean los más fuertes, los más virtuosos o los más ancianos, quienes tomen las decisiones.  Otras organizaciones humanas tomaron la decisión de reconocer un poder divino, derivado de dios, en sujetos llamados reyes, que concentraron las funciones de legislar, ejecutar, recaudar impuestos y juzgar.

La influencia de la organización religiosa en Occidente hizo que al menos durante diez siglos prevaleciera a nivel político el designio de dios, y así el derecho divino de los reyes, quienes eran la representación de dios en la Tierra y, por ello, tenían la facultad de concentrar todos los poderes del Estado.

Luego de las revoluciones francesa, inglesa y norteamericana, se diseñaron, con algunas variantes, esquemas de participación democrática, adecuados para las tecnologías existentes en esa época.  Sin lugar a dudas, el común denominador en los tres modelos fue la concepción de un órgano colegiado que representara a las clases, al pueblo, y algunas veces también tuviera la representación del gobierno.

Esos órganos, que pueden ser llamados parlamento, congreso, asamblea, tienen la función principal de dictar las leyes, o permitir, como en el caso inglés, que a diario se vaya construyendo la constitución política.  También hay diferentes formas de organizar esos cuerpos legislativos.  En Inglaterra se conserva la Cámara de los Lores, que no se conforma de manera democrática, sino que sus miembros representan antiguos linajes.  En otros esquemas se buscan participaciones proporcionales por concentración demográfica, o por aporte económico al respectivo país. En fin, también están los casos similares al español, en donde el gobierno hace parte del legislativo, dejándose en un tercero, denominado rey, la representación del Estado.

Obviamente mucha tinta ha corrido entre los teóricos del Estado explicando estas instituciones y su historia. Y no ha sido menos la sangre que se ha derramado para permitir que todos, o al menos, unas mayorías específicas, logren tener representación en el órgano legislativo.

En Colombia se adoptó un sistema similar al de los Estados Unidos.  Es un solo congreso, compuesto por dos cámaras, una alta (senado) y una baja (cámara de representantes).  En la Constitución de 1991 se introdujo una fórmula para distinguir la composición de ambas cámaras.  El senado se conforma por circunscripción nacional, es decir, que se utiliza en todo el país un solo tarjetón para la conformación del órgano legislativo en su cámara alta.  Al contrario, en la cámara de representantes se acude a las circunscripciones regionales (departamentos) o especiales (por razón de la raza, grupo étnico, o ubicación geográfica, para representar a los colombianos en el exterior), para la conformación de la cámara baja.

No puedo decir que sea un sistema malo.  Tampoco puedo admitir que sea un sistema perfecto. A ello hay que añadir los sistemas de conteo de votos, de conformación de partidos políticos, la participación o no de movimientos representativos y un sinnúmero de “fórmulas mágicas” que siempre son conocidas como “reformas políticas” y son hechas a la medida de los partidos políticos que quieren conservar las mayorías.  Cada vez que escucho que se está tramitando una nueva reforma política, me digo internamente: “Se jodió esta vaina”.

Como consecuencia de los acuerdos firmados por el Estado colombiano y la antigua agrupación guerrillera de las Farc, se permitió la representación de esa agrupación, como partido político, de forma directa durante dos elecciones. Quiere decir lo anterior, que por ocho años tendrán representación directa.  Se supone que esa fórmula iba de la mano con el avance en la conformación y reglamentación de la Justicia Especial para la Paz (JEP), ya que no basta con la conformación de las diferentes salas, sino que se debe legislar para establecer el procedimiento y determinar cuáles delitos van a ser juzgados, cuáles son susceptibles de ser indultados o amnistiados, y cuáles, por su naturaleza, no tienen esos beneficios.  También le corresponde al congreso establecer cuáles son los delitos conexos a los clásicos delitos políticos. En este punto yace uno de los mayores temores de los opositores de la JEP, ante la posibilidad latente de permitir que el narcotráfico sea tratado como delito conexo de los delitos políticos.

Digo que ese temor es fundado, porque el Estado colombiano ya se ha sentado a negociar con narcotraficantes y terroristas en oportunidades anteriores.  Basta recordar que las reglas establecidas para el sometimiento de Pablo Escobar y su círculo cercano de colaboradores fue concertado con el gobierno de César Gaviria.  Fue visto por Escobar y los suyos como una victoria, y a fe que lo fue.  Escogieron su cárcel, escogieron cómo sería la entrega y escogieron los horarios de entrada y salida de todo tipo de espectáculos de diversión a la cárcel cinco estrellas en la que optaron por alojarse.  

El fracaso de la negociación con el cártel de Medellín derivó en la fuga de Escobar y demostró que el sistema de justicia penal privativa de la libertad no siempre es la mejor alternativa.  En la actualidad se desarrolla un sistema de justicia restaurativa, en donde se piensa más en las víctimas y la restauración de sus derechos y la garantía de no repetición de los actos violentos, que en el cálculo de un determinado tiempo en la cárcel contra los autores de los crímenes.

También se acordó, como quedó dicho, que las Farc tendrían una participación fija, pero no era claro que los representantes del nuevo partido político pudiesen ser los líderes del movimiento guerrillero, aún sin haberse sometido a la JEP. No se contaba –aunque era previsible- con las demoras, marrullas y trabas que el congreso iba a poner.  Tanto las objeciones, totalmente válidas, expuestas por la oposición, como las que ahora se exponen por parte de partidos como Cambio Radical, que acompañó los acuerdos, pero dio la espalda a la reglamentación de la JEP. En el caso de Cambio Radical también era previsible su posición, porque en la conformación de la JEP no se van a repartir puestos burocráticos de los que pueda reclamar tajada.  Lo mismo sucede con el partido Conservador.

En fin, poca ayuda le presta al país el congreso con lo que está haciendo, al demorar la reglamentación de la JEP.  Creó la fisura para que los jefes guerrilleros puedan ser postulados, no como candidatos a investigados por la JEP, sino como candidatos al congreso.  Lo esperado es que fuesen escogidos representantes de las Farc sobre quienes no recayeran dudas de su legitimidad, como sucede con sus actuales voceros ante el congreso, Jairo Estrada, Pablo Cruz, Judith Maldonado, Imelda Daza, Francisco Tolosa y Jairo Rivera, que no solo tendrían fija representación, sino que llegarían sin las dudas que recaen sobre los jefes guerrilleros.

Desafortunadamente, de una forma u otra, lo cierto es que el próximo congreso no va a ser mejor que el actual, y eso es mucho decir.  De los peores congresos que Colombia ha sobrevivido es el actual.

Con o sin la participación de los miembros de las Farc, el pronóstico no es halagüeño. Van a ser elegidos candidatos mediocres, que con seguridad se han saltado los topes de financiación de campañas.  Serán elegidos aquellos que durante los últimos cuatro años hicieron inversiones en sus regiones –y eso es válido-, pero lo que no es válido es que han tomado por anticipado y tomarán en el futuro, recursos de sus regiones para solventar esas campañas.

Llegarán, igualmente, los herederos políticos de musas y ñoños.  Ya en este momento deben estar adoctrinando a los nóveles políticos, para que puedan hacerse sus fotos de afiches, inundar las ciudades de la costa con tales afiches y para que sepan cuántos tamales deben comprar, para cambiarlos por sufragios electorales.

Continuarán los sujetos como Roberto Gerlein, cuyo excremental sueño debería practicarlo en sus habitaciones y no a cambio de un millonario sueldo.  Continuarán los clásicos representantes de los partidos liberal y conservador, que son, a no dudarlo, los verdaderos creadores de la guerra que surgió con la guerrilla de las Farc.

Pero nos debemos sentir bien representados.  Allí estarán los representantes de los empleados que se llevan a sus casas los útiles de oficina, tendrán asiento los que duermen en la oficina, llegarán los representantes de los que pervierten al policía de tránsito con el ofrecimiento de una coima, los colados en el servicio público de transporte, los que evaden impuestos y los acosadores.

Si el lector no desea que lleguen o continúen los corruptos en el congreso, la tarea es sencilla: vote. Vote bien.

Káustico

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