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Sin el muro y las puertas cerradas

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Por: María Castro
Para 1985, siendo Canciller de Alemania Helmut Kohl, ya yo estaba familiarizada con el momento  social que gozaba Alemania federal. Había empezado a frecuentar el pais -viviendo en Israel-desde finales de los 70, y me sentía muy a gusto en lo que consideraba -y lo era- una sociedad muy tranquila y, feliz con las condiciones a las que su social democracia los había conducido.

A mediados de los 80 me instalé en Hamburgo, donde vivía para aquel entonces un hermano. No había cumplido aún los 30 años y sinceramente me pareció llegar al cielo. La ciudad sonreía de las manos de los jóvenes a los que no les exigía género alguno para poder hacerlo. La ciudad acogía sin reparos a chilenos, iraníes, a los turcos que ya eran alemanes. También a muchos colombianos y, un sinnúmero de personas de todas las nacionalidades. Era delicioso sentarse a tomar una cerveza en uno de los tantos cafés cerca del Alster, el lago a cuyo alrededor vive Hamburgo. Era delicioso ver pasar en desfile permanente el mundo entero. La ciudad era la dama que elegí para quedarme, enamorarme y hacer mi vida sin problemas. Y feliz.

Se respiraba en general en toda Alemania un momento de optimismo. Ya se sentían rumores y soplaban vientos de unión. Los alemanes querían derribar el muro. Volver a ser una nación. Los ciudadanos del este podían pasar al lado occidental. Eran fáciles de identificar por su manera de vestir, su interés en visitar los supermercados y, deleitarse un poco con las “delikatessen” y el vino.
Yo, para decir la verdad no estaba muy preocupada por la política. Llevaba mi vida sin apuros. Había encontrado el amor de mi vida, y su familia alemana se convirtió en la mía. Trabajaba con estudiantes de latinoamericanismo. Enseñaba literatura e historia de arte judaico. Enseñaba español  viajaba con la facilidad que para la época me permitía la residencia alemana y el peso de su moneda. Poco a poco fui dejando todo para hacer lo que hice hasta hace poco. Me dediqué a cantar. Cantaba en todas partes donde me invitaran. Me cante la vida. Muy feliz.

Fue así como una noche de noviembre en 1989, me vi parada frente al gran muro de Berlín, con mi compañera y con miles de personas en ánimo de derribarlo, y lo hicieron. Lo hicieron. ¡Lo derribaron!

Llegaron los 90. Alemania seguía próspera. Había mucho dinero -me lo parecía- empezaron a llegar más inmigrantes, más personas que querían disfrutar del bienestar que reinaba. Muchos, de todas partes. Y los hijos de Alá, llegados por cuenta propia, traídos, o huyendo. Berlín se convirtió de nuevo en la capital. Poco a poco empezó a rescatar lugares, recuerdos. El arte era sin duda un vínculo para unir pasado y presente. Para que se expresaran todos. Se empezaron a sentir brotes “Neonazis” que según decían algunos venían del este por aquello de no haber hecho “el proceso democrático” del lado occidental. Yo seguía en mi canto. ¿Neonazis? No, nunca. Alemania ha eliminado el nazismo. Alemania no permitirá jamás que esto suceda de nuevo. Solía decirme mi suegra que vio y vivió los horrores del mismo. «Es ilegal, Maria» me decía, refiriéndose a los Nazis.
El nuevo siglo trajo cambios en el mundo entero. La caída de las Torres Gemelas tuvo también repercusiones. Unos de los asaltantes de los aviones vivía en Hamburgo, en un barrio prácticamente convertido en Califato con el nombre de las calles escritas en árabe y donde la policia no entraba por respeto. Y los alemanes seguían pensando que todo se arreglaría, que nada podría llegar a lo que se vive ahora. Que nadie jamás con las ideas de Hitler, podría volver a hacer política. No podían imaginar que un auto en la calle podría ser un arma para matar a muchos. Nadie en Alemania, incluyéndome, podíamos imaginar que las puertas que se abrieron con la caída del muro se cerrarían de nuevo. Que Europa pretende ser de nuevo un continente de reinos, de aquellos de los cuentos infantiles que dicen: “Érase una vez en un país muy lejano…” y se trataba de un reino a menos de 100 kilómetros para llegar al mismo, donde estaban las princesas que se casaban con sus príncipes para poder hacer las paces, vivir felices y comer perdices.
Yo sigo enamorada de mis damas alemanas. De ella y de Hamburgo: la ciudad que te atrae, que te envuelve en su abrazo de mujer madura y discreta te enseña sus placeres nocturnos. Y a la mañana en punto se levanta impasible con el rostro impecable de señora decente.
María Castro
@mariacastro1111

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