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Estupefactos. No de otra manera puede denominarse la situación en la que quedamos los lectores ante el número ascendente de mujeres que a través de las palabras de tendencia “#MeToo” y “#YoTambien” han manifestado públicamente su situación de víctimas acoso sexual en los diferentes ambientes en los que ellas se desenvuelven: hogar, laboral, social, e, incluso, en el transporte público.

Es valiente lo que ellas están haciendo. Mejor aún, si a esas voces y gritos de protesta nos unimos los hombres, no solo haciendo tendencia en redes una palabra, sino a través de actos de verdadero compromiso por el respeto.

No va a ser una tarea fácil, porque el acoso contra las mujeres, por su condición de mujeres, no es reciente. De hecho, en la actualidad hay culturas en las cuales los matrimonios se pactan entre los hombres, quienes convienen la dote, sin que sea visto como un acto de acoso sexual. Lo mismo podrá decirse en otras culturas respecto a la ablación, o a la verificación de la virtud de la mujer solo por su virginidad, o -del otro lado- la lapidación de la que iba a ser sujeto la prostituta que la mitología cristiana enseña que fue salvada por Jesús. Hoy en esos temas tan espinosos no me voy a meter.

Por la existencia de esas prácticas culturales que pueden ser tan reprochables como la pervivencia de un arte en el que mueren animales, no haré referencia sino a la situación de lo que culturalmente nos ha tocado vivir en Occidente, y a nivel temporal lo limitaré a la parte final del siglo XIX, lo que sucedió en esta platanera en el XX y lo que nos hemos aguantado durante lo corrido del aún joven siglo XXI, porque parecen ser tres poblados distintos, pero una sola platanera verdadera.

Al finalizar el siglo XIX, después de la batalla de la Humareda, que permitió la llegada al poder de Rafael Núñez y el surgimiento de la Constitución Política de 1886, se adoptó como legislación nacional lo que unos años antes se conocía como el Código Civil del Estado de Cundinamarca. En la actualidad ese Código Civil sigue vigente, salvo con algunas modificaciones legislativas y unas no menos importantes reformas que se han introducido gracias a la Corte Constitucional, por vía del control que ella ejerce.

Si una mujer de hoy tomara en sus manos la versión primigenia del Código Civil notaría de inmediato el tinte machista y no dudaría en concluir que aún hoy existe ese ADN en la cultura de esta patria. En efecto, comencemos por esa situación de incapacidad para el manejo de sus propios bienes de la mujer.

Aquella mujer que venía bajo la potestad de su padre, pasaba a la potestad de su marido, quien iniciaba con la administración de los bienes de la esposa. Ella, por su parte, pasaba a ser “un bien” más en el patrimonio del esposo.  De ahí puede intuirse la odiosa diferencia entre las palabras “matrimonio” y “patrimonio”.

A nivel de registro civil, la mujer quedaba sometida al patrimonio del marido e incluso lo debía hacer ver públicamente, cambiándose el apellido y adoptando el “de”, como doña Gloria Valencia de Castaño.  Aunque socialmente las mujeres adoptaban el “de” y se familiarizaban con él, no dejaba de dar un significado de “patrimonio” a la persona de la esposa, es decir, que tal señora es propiedad “de” fulano.

Como se puede apreciar, la cosa empezó mal.  Solo hasta 1932 se derogó un grupo importante de artículos del inveterado código, a través de la adopción de la Ley 28 de ese año, que les otorgó a las mujeres algunos derechos, aunque insuficientes.

A lo largo de todo el siglo XX las mujeres estuvieron siempre en esa posición de segundo lugar respecto al varón. No tomaban decisiones, no disponían de sus propios bienes, no estudiaban en la universidad, e incluso, hasta 1954, no votaban.

Paralelo a esa condición femenina, se anquilosaba el machismo. El peor machismo de todos (si es que puede haber un machismo bueno, o menos malo que otro), porque combinaba el europeo, el aborigen, el criollo, el eclesiástico, el económico, el rural.  En esa medida, se fueron forjando taras (y por eso somos unos tarados) como las siguientes: “los hombres no lloran”, “no sea nena”, “el sexo débil”, “primera dama” (¿acaso las demás son segundas damas?).

Ese machismo malsano logró mayor furor subliminal a través de los medios de comunicación que se hicieron más populares y abarcaron mayor número de población después de la segunda mitad del siglo anterior.  Industrias como el cine y la música no son la excepción, sino el mayor botón de muestra.

Por ejemplo, la multinacional Disney se encargó de reciclar los cuentos de antaño, para ubicar a la mujer en el lugar de al lado de un príncipe azul, y convenció a muchas mujeres de que la fórmula para “vivir feliz para siempre” dependía de encontrar a su príncipe, quien, en realidad, apenas si ocupaba un lugar secundario en la historia, detrás de los enanos, las escobas cantantes y la mala de la película.

Los años fueron corriendo y la tecnología avanzando. La higiene y los cuidados en la salud de las personas redujeron los índices de muerte de niños, lo que se tradujo en mayor explosión demográfica, es decir, más gente y menos camas. Las urbes crecieron al mismo ritmo en que aumentó la brecha entre el campo y la ciudad, y entre la riqueza y la pobreza.

Los fenómenos que, en apariencia, no tienen connotación sexual, también son un caldo de cultivo para la proliferación del abuso y acoso en contra de las mujeres, por su condición de mujeres. Me explico: se abusa de la condición de inferioridad económica y educativa de las mujeres en el campo; ellas deciden -o les toca- migrar a la ciudad más cercana, o en el peor de los casos, a la capital.  Allá, por falta de oportunidades, deben emplearse como “muchachas del servicio doméstico” y soportar al jefe, dueño de hogar y a sus hijos varones, tal como ocurrió con un joven llamado Luis Carlos Galán Sarmiento, de quien se dice que embarazó a la persona que ayudaba en su casa.

El aumento poblacional se hace notorio particularmente en el servicio público de transporte de toda ciudad mediana o grande en Latinoamérica, especialmente en las horas pico.  Mujeres manoseadas, ultrajadas, empujadas, violentadas frente al silencio observador de los sistemas de transporte, y en el caso bogotano, mientras los policías juegan Candy crush.

Llegó el siglo XXI y se esperaban nuevas oportunidades para las mujeres. Sin embargo, cada año surge un nuevo informe sobre los salarios comparados entre hombres y mujeres y la tendencia se mantiene: aquellos ganan más que éstas, solamente por el sexo.  Pero la situación tiende a empeorar, si ellas manifiestan su intención de ascender, porque la suerte las abandona. O se someten a las exigencias de quien en esa relación de poder es el jefe, o se someten al ostracismo laboral si se niegan.

No niego que sea encantador mirar la belleza femenina. Las mujeres me encantan. Pero es más fascinante cuando esa mirada es respetuosa y cuando no se sobrepasa el umbral del “no” que ellas tienen derecho a decir. Es igual de fascinante a escuchar las ideas de una mujer, sus experiencias, sus deseos de innovación.

Los mejores atributos de las mujeres no son los físicos. Pero para acceder a estos últimos, siempre, léanlo bien señores, siempre, se debe contar con el consentimiento de ellas. El “no” oportuno de ellas es tan sagrado como el “sí” que dan en el altar.

Bonus track: Los excrementales acercamientos entre Cambio Radical y Centro Democrático son la prueba plena de que a estos últimos no les incomoda la mermelada; lo que les molesta es que no sean ellos quienes la repartan. Además de la coincidencia burocrática de esas dos sectas, es claro que ninguna de ellas va a apoyar la educación, la investigación y la ciencia.

Káustico

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