Inicio #YoTambién “Yo también fui (¿o soy?) una cobarde”

“Yo también fui (¿o soy?) una cobarde”

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En Nuevo Diario nos unimos a la campaña #YoTambién. Queremos visibilizar historias contadas por mujeres víctimas de acoso, para ayudar a generar consciencia de que el acoso sexual es una realidad y la sociedad debe comprometerse a denunciarlo y erradicarlo. Todas las historias serán publicadas con autorización de sus protagonistas.

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Hace unos días leí un post llamado “I’m a Coward” en The Cut y me sentí identificada. Por si les da pereza leerlo, les cuento qué dice: La autora, Liz Meriwether (creadora de New Girl y escritora de películas como No Strings Attached), cuenta su experiencia con un hombre poderoso de la industria en la que trabaja y explica por qué decidió quedarse callada, hacerse la loca e ignorar lo que pasó. Y se llama a sí misma una cobarde.

Yo también fui (¿o soy?) una cobarde. En un trabajo que tuve, mi jefe era un tipo de esos que levanta mucho y le echa los perros a todo lo que se le pase por el frente, entre esas yo. Soy afortunada porque nunca pasó nada grave, como otros casos que he leído o que sé que les han pasado a mujeres que conozco. El tipo nunca me tocó y nunca me forzó a hacer nada (en parte, creo yo, porque siempre evité estar a solas con él para evitarme incomodidades). Pero sí me acosaba virtualmente.

Un día llegué a la oficina con una falda nueva. Saludé a todos, me senté en mi silla y cuando revisé mi celular, mi jefe me había escrito por whatsapp: “Te ves muy rica con esa falda”. Otro día, después de cambiar mi foto de whatsapp a una en la que salía en vestido de baño junto a mi mejor amiga, el tipo me escribió como a las 10 de la noche “Esa foto me tiene mal. Te juro que si tuviera 10 años menos, estaría echándote los perros como un loco”. No voy a hacer un recuento de todos los mensajes que recibí de él, pero creo que con esos ejemplos se hacen una idea.

Una vez más, fui afortunada porque no recibí mensajes tan agresivos como los que muchas otras mujeres han recibido de sus jefes. El tipo nunca me envió una foto de su verga, nunca me dijo “si no sale conmigo la echo” y nunca me dijo cosas explícitamente sexuales. Pero era mi jefe y lo que decía me hacía sentir muy incómoda.

Cada vez que recibía uno de esos mensajes, recreaba en mi mente un montón de escenarios hipotéticos. En uno, yo de una vez le respondía “mira, xxxxxxxx, lo que me estás diciendo me incomoda y no creo que sea apropiado, te agradecería si no lo vuelves a hacer”. En otro, yo le mostraba pantallazos de lo que él me decía a la de Recursos Humanos. En otro, lo demandaba y él terminaba en la ruina. En otro, sencillamente lo puteaba y le decía “hey, usted está casado, no me joda la puta vida, deje de decirme mierdas”.

Pero en el mundo real, mi respuesta siempre fue un “jajajajaja” incómodo que escribía en mi teclado con la esperanza de parar la conversación… y me odio por eso. Cada vez que recuerdo que no fui capaz de frenar directamente al man, me odio un poquito. Cada vez que pienso en que me quedé callada ante la posibilidad de que el tipo haya hecho sentir incómodas a otras mujeres que trabajaban en la empresa, me odio un poquito. Cada vez que recuerdo mi decisión de hacerme la loca ante un comportamiento como ese porque qué pereza meterme en el mierdero de una pelea en recursos humanos, me odio un poquito. Cada vez que pienso en mi decisión de seguir trabajando porque “seguro si digo algo, el man se va a poner en contra mía y me va a echar”, me odio un poquito. Cada vez que me llamo a mí misma feminista, una vocecita en mi cabeza dice “¿ah sí? ¿muy feminista? ¿por qué entonces no hizo nada esa vez?” y me odio un poquito.

Por eso no había contado esta historia. Porque cada vez que la recuerdo me odio un poquito. Pero este es un momento en el que mi vergüenza por no haber sido capaz de actuar no debería importar. Sé que aunque una parte de mi cerebro me dé palo por no haber hecho nada, el resto de mi cerebro me dice la verdad, que es: no fue mi culpa. No fue culpa de mi falda ni de mi foto en whatsapp ni de mis “jajaja”s que no fueron suficientes para frenar al man. Fue culpa de él y de nadie más.

Si ustedes tienen jefes que las han hecho sentir incómodas con comentarios “coquetos”, si tienen jefes que las tocan de una forma inapropiada, si sus jefes las han obligado a hacer cosas que ustedes no quieren hacer y que tuvieron que hacer por miedo a perder sus trabajos, si sus jefes son de esos de los que todas las empleadas advierten con susurros en las fiestas de la empresa con frases como “con xxxxxx hay que tener cuidado porque se pone toquetón cuando toma”, lo siento. Siento mucho que hayan tenido que pasar por eso. No es su culpa. Es culpa de ellos y solo de ellos.

En Twitter, en Facebook, en Instagram. Muchas mujeres están compartiendo sus historias de acoso con los hashtags #MeToo o #YoTambién. No es necesario contar una historia larga, como lo hice yo. Pueden solo poner los hashtags. Si todas las mujeres quienes hemos sido víctimas de acoso o asalto sexual escribimos “yo también”, podríamos dar a la gente una idea sobre la magnitud del problema. Y si poner el hashtag es algo de lo que tampoco son capaces, tranquilas. Cada quien comparte sus experiencias cuando siente que puede. Yo conté esta después de guardármela por varios años, pero hay otras historias que no me siento lista para discutir públicamente. Está bien. No tienen que hacerlo si no se sienten seguras o cómodas. Pero entren al hashtag en cualquier red social y les aseguro que se sentirán menos solas.

Juliana Abaúnza
@JulianaAbaunza

(Leer el post original en el blog de Juliana)

 

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