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Cataluña-Cauca-Caracas

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Veo las imágenes. Policías entregados en cuerpo y alma a repartir bolillo a diestra y siniestra. ¡Cuánta fuerza y agilidad para golpear! Policías de negro, con cascos y armaduras, sacando a patadas a toda persona que se les atraviese en el camino, haciéndolas rodar por las escaleras de los colegios o morder el asfalto de las calles. ¡Cuánto compromiso por hacer respetar la constitución! Policías arrastrando mujeres del pelo, como en la época de las cavernas, y rompiéndole los dedos a una de ellas por tener la osadía de salir a poner un papel en una urna. ¡Cuánto honor! Policías arremetiendo contra multitudes que solo tienen como armas sus manos en alto. ¡Cuánto valor civil! Parece el Cauca o Boyacá, pero los agredidos no son negros ni indígenas (terratenientes, dirán otros), son blancos, y las calles están limpias y bien pavimentadas. Es Cataluña. Es Europa occidental. Es, dicen, el primer mundo. Por eso la indignación general. Porque la gente de allá sí importa. Aunque no a todos. No a los que condenan con tanta vehemencia la represión en Venezuela, que son los mismos, vaya, que aplauden la represión en Colombia contra cualquier movimiento que persiga una reivindicación que se pueda llamar “social”. Porque el respeto por la dignidad humana en Colombia depende del humano al que se le esté vulnerando. No es lo mismo un bogotano que un indígena del Cauca, ni mucho menos, por Dios santísimo, que un negro del Chocó. El caso es que en todas estas ecuaciones humanas no-humanas solo un factor se mantiene inalterable: la fuerza represora. Ya se trate de la Guardia Civil española, la policía militar venezolana o el ESMAD colombiano, lo que une a estas mal llamadas fuerzas del orden es su brutalidad. El odio en sus miradas, que se puede ver incluso detrás de las máscaras. Su empleo desmedido de la fuerza. Su reacción desproporcionada. Esas ganas de maltratar al otro, que no es el otro sino el mismo: el vecino, el coterráneo, el compatriota, para usar un término de politiqueros. Para eso han sido creadas. Que también las llamen fuerzas antidisturbios solo demuestra que habitamos, más que nunca, en un mundo orwelliano, donde las instituciones y sus objetivos se nombran con el mayor cinismo posible.

Veo, decía, las imágenes de la represión, sean en Cataluña o en Venezuela o en Colombia, y se me vienen a la mente una gran cantidad de preguntas. Supongo que las Ciencias Sociales ya habrán aventurado algunas respuestas, pero como las desconozco, no dejo de presentar mis dudas. Lo primero que uno se pregunta es cómo una persona llega a formar parte de un escuadrón antimotines. El ser humano detrás de la máscara, ¿era un hombre normal que fue llevado a esa situación por la falta de educación y oportunidades o es solo un sicópata que encontró su lugar en la sociedad, el trabajo donde puede dar rienda suelta a sus pulsiones antisociales? Me pregunto también en qué momento una persona se da cuenta de que lo suyo no son las matemáticas ni la literatura sino moler a palos a otro ser humano. ¿Ocurre en la infancia? ¿Se trata del desvío desafortunado del viejo sueño infantil de ser bombero o astronauta o es acaso el producto de la tristeza y la frustración por ver esos sueños rotos? ¿Ocurre en la adolescencia? ¿Es consecuencia de cualquiera de los múltiples problemas existenciales de esa atormentada época de la vida, o de todos ellos, del rechazo y esa sensación de no encajar en ningún lugar? De ser así, ¿cómo decide uno que salir a romper cráneos va a solucionar algunos de esos problemas? De no ser así, ¿cómo llega uno a la conclusión de que romper dedos y costillas y a veces hasta matar a la gente que es igual a uno, que creció en el mismo barrio o en el mismo estrato que uno, gente que se levanta para encontrar la solución a los problemas que también lo afectan a uno, es una buena forma de ganarse el pan? ¿En qué punto de la existencia un ser humano decide convertirse en un animal, un perro de presa que se excita con el olor de la sangre de su hermano? ¿En qué momento un hombre libre decide volverse una mascota al servicio del terror?

Santiago Jiménez Q.
@Santiagojq

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