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La desmoralidad

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Entre la moralidad -si es que existe tal cosa- y la perversión solo media un pensamiento, una idea desaforada y libre de frenos; un llamado del instinto que se forja desde sí mismo y se expande informe, pasando por la fuerza de un diástole agotado.

Dos extremos distintos y complementarios que no pueden existir en un mundo ajeno a su contrario pues, en ese caso, carecerían de sentido o valor.

Para que sea necesaria la cura se precisa de la enfermedad. Sin la rabia no sería necesaria la vacuna antirrábica. Igual… sin infractor no existe fiscal.

La humanidad, desde el principio, está rodeada de preceptos, leyes y consignas que la moldean para que esté dentro de parámetros y expectativas… ¿de quien? De ella misma.

O sea: se restringe a sí misma y se protege de sí misma.

Vemos un ejemplo en las leyendas de la “Caja de Pandora” y “El fruto del árbol prohibido”

Cómo animal racional, el hombre tiende a pensar y ver la contraparte de cada propuesta de cada parámetro u orden recibida. Por ello, le gusta cuestionar por el norte y luego por el sur en busca de cualquier inconsistencia en los reglamentos.

Si nos dicen: “la puerta no abre” nos domina la curiosidad y probamos por nuestra cuenta para descubrir que efectivamente está cerrada, trabada o descompuesta.

Al igual que la psicología aplicada busca motivar una respuesta predeterminada, así mismo la moralidad con sus prohibiciones y canonjías logra atraer más que disuadir a las personas.

Fumar es malo”

Tomar no es bueno”

Desvelarse es perjudicial”

El sexo, fuera del matrimonio, es pecado”

Al ser humano, le atrae jugar con lo que es “malo”; probar los límites de lo “bueno”; sortear o desafiar lo que pudiera ser “perjudicial” y sobre todo… paladear el pecado.

Entonces… con los llamados, convocatorias y gritos a la moralidad solo han conseguido repeler a una generación que tiene hambre de descollar a como toque. Una generación que se alimenta de la opinión externa y basa su tranquilidad en la apariencia.

Lo cómodo y lo práctico han pasado a un segundo plano siendo relegados por el apremio que experimenta nuestra sociedad.

La moralidad no es necesaria para existir como individuo, sin embargo es imprescindible para coexistir en sociedad.

Mi moralidad me permite caminar descalzo por ejemplo, ya que lo encuentro cómodo y relajante, sin embargo causaría cierta incomodidad en diferentes ámbitos.

No me gusta pasear con la vejiga llena, pero eso no me da permiso a relajar mi esfínter dónde se me presente la necesidad de hacerlo o donde se me ocurra.

Yo podría pensar…

Es mi cuerpo y hago con él lo que yo quiera o necesite”…

Tengo derecho sobre MI CUERPO, es MI DECISIÓN… y MI VOLUTAD”

Claro que sí… salvo que las reglas de moralidad han designado tácita o específicamente, en dónde y cómo hacerlo.

Mi viejo, alguna vez me dijo:

Si no quieres adaptarte a las reglas, PON TUS PROPIAS REGLAS.

¿Donde…? ¡Fácil!

Donde no fastidie las reglas de los demás”

Ni todo lo moral es bueno… ni todo lo “inmoral” es pecado.

En caso contrario, jamás habría nacido la pintura “La maja desnuda” de Goya que, sin embargo, no apareció sino hasta después de muerto el artista.

Lo que en su momento llamaron como “inmoral” es una verdadera obra de arte.

Entonces podríamos concluir que la moralidad está cimentada en la moda, en el tiempo y lugar…no así en la realidad.

Imaginemos a bañistas, haciendo topless en la “Plaza de San Pedro”… aunque en estos tiempos es muy normal ver a mujeres luciendo sus atributos y libertad al aire libre… pues no es así en toooodo lugar, ¿verdad?

Elesiastés 3:1

Todo tiene su momento oportuno; hay un tiempo para todo lo que se hace bajo el sol”

Muy impropio de mi, “ateo, disoluto, nihilista” citarlo… pero Salomón, Qohelet o Sirásides (el mismo tipo con diferentes denominaciones) dejaron varias perlas de sabiduría dignas de conservar.

Jorge de Córdoba
San Juan del Rio, Qro.
Querétaro de las tetillas*
México

*http://eloficiodehistoriar.com.mx/2009/09/10/tetillas-un-pueblo-queretano/

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