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La tensiones de la memoria

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Foto: Constanza Solórzano

De antemano me disculpo con los lectores porque me referiré -nuevamente- a un tema el cual conozco poco pero me genera gran inquietud ya que la semana pasada el Estado colombiano promulgo el decreto que da las pautas de operación de la Comisión de la Verdad en cumplimiento de uno de las acciones pactadas con la Farc-ep para reparación de las Víctimas. Dicha comisión buscará dar a conocer en profundidad -y hay que resaltar la palabra- las causas del conflicto armado y de las graves violaciones a los Derechos Humanos que ocurrieron con ocasión de este. Pero esto no es un esfuerzo nuevo y se debe a años de incidencia de las diferentes organizaciones de víctimas que han posibilitado durante más de dos decadas acercamientos a la verdad a través de investigaciones y -claramente- iniciativas de memoria que se hicieron visibles para la sociedad a través del proceso de Justicia y Paz.

Pero la posibilidad de hacer memoria no surge de la voluntad del Estado sino que obedece a las necesidades del presente como lo enuncian diferentes autores. Y las necesidades que en Colombia emergen están asociadas una larga lucha contra la impunidad así como con el fin de un conflicto armado que nos pondrá a todos a asumir las responsabilidades, particularmente, de aquellos que durante el periodo más crudo del conflicto promulgaron leyes o impulsaron acciones de carácter legal o ilegal que facilitaban la violación a los Derechos Humanos.

La vergonzosa actuación de la bancada del Centro Democrático el día Nacional de la Memoria y Solidaridad con las Víctimas -fecha conmemorativa promulgada por la Ley 1448 de 2011 que busca visibilizar los esfuerzos de las organizaciones por garantizar un marco normativo que satisfaga los derechos a la verdad, a la justicia y a la reparación integral, así mismo vigilar que dicha política pública se cumpla- inaugura el periodo de tensiones que atravesaremos en la búsqueda de la verdad a partir de las memorias.

¿Qué quiere decir esto? que la memoria -entendida como un concepto cultural- en escencia, es plural, selectiva y sensible a los factores que la rodean en una sociedad. Para citar un ejemplo muy conocido pensemos en Chile y Argentina, casos emblemáticos en la puesta en marcha de ejercicios de memoria y de búsqueda de la verdad a través de mecanismos judiciales. Estos países contaron con comisiones de la verdad que recolectaron toda la información de organizaciones defensoras de los Derechos Humanos como insumo para esclarecer el patrón de desaparición forzada como crimen de lesa humanidad cometido por los gobiernos de facto en la década de 1980, que permitieron generar una serie de medidas de reparación (indemnizaciones), de no repetición (como la depuración de las Fuerzas Armadas o la enseñanza del periodo militar en escuelas y su reseña en libros de texto) y la sanción penal a los responsables.

A pesar de estas acciones no toda la población cree que las dictaduras fueron malas, al contrario las defienden sobre la base de la mejoría económica -cuyo costo en vidas fue altísimo- y con ello, se hacen visibles otras brechas culturales y sociales como: el machismo, el racismo, la xenofobia, el clasismo, etc. Por ello, no es extraño ver frente a las coyunturas actuales de estos países como: la educación gratuita, el paro docente, entre otros la emergencia de los fantasmas del pasado que encarnan posturas exploratorias del presente basadas en las memorias de asociación una verdad que llega a la calle o al gobierno y se impone.

Con esto no quiero decir que la memoria es antagónica o molesta, al contrario: la memoria está orientada a posibilitar el diálogo, no en vano su origen está asociado a lo familiar o a lo religioso, como concepto cultural, pero como todo lo hecho por la naturaleza humana está atravesada por características que facilitan su complejidad y tensiones. Por lo tanto, en ocasiones se convierte en un “campo de batalla” debido a que -por su naturaleza- alude a lo intimo de un ser humano o de un grupo humano, por eso la memoria se convierte en el principal mecanismo de reconocimiento de la dignidad y buen nombre de alguien que sufre una violación a sus derechos humanos. Pero, a su vez, al estar vinculada con algo tan personal muchas veces se ancla a lo político y a las pasiones que despierta, los ejercicios de generación de memoria histórica terminan siendo útiles a una bancada o a una postura radical de derecha o izquierda.

Casos como estos los hemos visto este año en Argentina donde la bancada de gobierno para conmemorar la fecha del 24 de marzo dice: “nunca más a los negocios con los DDHH” para respaldar su pelea contra el kirchnerismo y no situándose en la gravedad de la desaparición de 30.000 mil personas por manos de un Estado, cuyo deber es comprometerse con la sociedad en no volverlo a hacer y castigar a quien dentro de su estructura lo incite. En ocasiones anteriores el presidente argentino señaló que no eran 30.000 desaparecidos, en un encuentro televiso, donde señaló que la memoria era una cadena y urgía mirar hacia adelante, en una clara postura negacionista.

Lo ocurrido el 9 de abril por parte de la bancada del Centro Democrático es el inicio de su batalla contra la memoria y la búsqueda de la verdad, no solo porque más de uno va salir involucrado sino porque cada argumento que cuestione su accionar pondrá contra las cuerdas de la historia afectando todo andamiaje ideológico que se pretenda establecer.

La memoria de los miembros del Centro Democrático y de una gran parte de sus seguidores en el país está basada en la justificación de la violencia (como lo vimos en la marcha del primero de abril) necesaria “por la patria”. Y con la pluralidad de las memorias que dialogarán para encontrar la verdad, se aferrarán más a ese discurso justificatorio que quiere lapidar culpables, negar, y seguir adelante como si nada porque la violencia es normal (basta mirar cómo la usan) y no entender o comprender las consecuencias de la responsabilidad de instigar o dirigir acciones en contra de la vida, contra de la organización, en contra de la ciudadania.

Esta será la primera de muchas batallas sobre la memoria que tendremos más allá de lo que dure al Comisión de la Verdad, la JEP, la Ley de Víctimas e incluso el Museo Nacional de la Memoria.

Estará en nuestras manos definir como ciudadanía qué memoria queremos conocer: la que lapida “supuestos culpables”, “traidores”, “ensalza valientes hombres con manos manchadas de sangre”, “discriminatoria”, y “sectaria” o aquella que nos permita comprender ¿Qué pasó, ¿Por qué pasó? ¿Cómo hacer para no alimentar segregaciones, discriminaciones que alimentan y justifican la violencia? ¿Qué hacer para no repetir? ¿Qué hacer para vivir armónicamente? ¿Qué hacer para incluir, para dialogar? Y lo más importante: ¿qué hacer para no repetir?

Margarita González
@Marterenplastil

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