Inicio Opinión El silencio de un padre

El silencio de un padre

1117
0
COMPARTIR

Encontramos cada vez con mayor frecuencia que el respeto entre familiares está menguando, disminuyendo, adelgazando o simplemente… pasando de moda.

No es raro ver la rabieta de un infante que sabe cómo conseguir se cumplan sus caprichos con el simple hecho de poner a su madre o a su padre en un predicamento.

En la infancia queríamos aprender. Obtener atención. Dialogar de las pequeñas intrascendencias que a nuestros ojos eran conquistas monumentales.

El lenguaje nos otorgó una herramienta y antes de los diez años, ya habíamos descubierto en él un arma poderosa empezando a ver lo frágil que era la voluntad de nuestros padres cuando contravenía nuestras invaluables necesidades.

Recién entrados los catorce años, ya éramos amos del universo. Teníamos opiniones para todo y se empezaban a definir nuestros gustos, creyendo que los antecesores no conocían el concepto de la libertad o estaban “fuera de onda”.

A las dieciocho calendarios, simplemente habíamos alcanzado la plenitud de nuestras fuerzas. El mundo era una alfombra tendida a nuestros pies y el experimentar lo que, hasta ese momento, nos había estado restringido, era una prioridad impostergable, por supuesto.

Los padres, que eternamente serán primerizos en su oficio, no importa si tienen un solo hijo o si tienen cuatro… Siempre será la primera vez que tuvieron un hijo por el cual desvelarse, la primera vez que tuvieron dos hijos a quienes cuidar y combinar responsabilidades, la primera vez que tuvieron tres hijos, uno celoso porque atienden más al recién llegado, uno revoltoso que quiere seguir siendo el consentido y otro simplemente produciendo pañales sucios, la primera vez que tuvieron cuatro hijos, dos jalándose el cabello todo el tiempo, uno de ellos fracturándose por puro gusto, otro haciendo teatro y uno que se queda mirando el desorden de la casa, convencido que la mesa es una pista de baile.

Entonces -como decía- los padres siempre son primerizos y cada paso representa un desafío.

Obviando el costo de la manutención y la relación en pareja que poco a poco pasa a un segundo o tercer término… encuentran, para su mudo asombro, que sus hijos son los amos y señores del hogar.

Las reglas se van laxando. Se estiraaaaan… se estiraaaaan… hasta que cambian y se adecúan a los retos diarios. Ya no es tan importante que TODOS estén recién bañados e impolutos para ir a la escuela. Ahora lo importante es que LLEGUEN a la escuela.

Como buen necio -porque me jacto de ser un necio de primer orden- he discutido con mis padres todo el tiempo. Procurando mantener una línea de respeto.

Ahora vemos que, en esta nueva sociedad, en las familias “modernas” esa línea parece una transparencia.

Es bien sabido que la evolución y el hacinamiento en las grandes urbes, ha dado paso a nuevas alternativas para la formación, algunas ejemplares, con miras en la autoconfianza y mejora continua… otras completamente discordantes con lo práctico.

En nuestros días es común escuchar a un niño de diez años decir: “Tú cállate papá… tú no sabes de eso”

Sea un conocido mío, o no… se me escapa del pecho un: “Quieto veneno…”

En estos tiempos se permiten muchas bulas o canonjías exentando a los infantes de las tareas domésticas. Como si fuesen a perder un brazo o la identidad misma si ayudan en el quehacer cotidiano.

En las incontables veces que he discutido con mi viejo (alguna vez escribiré sobre mi padre, un caballero quijotesco y soñador) por nuestras creencias, política, sociedad o simplemente por el gusto de intercambiar puntos de vista, lo que más me ha dolido es su silencio. Cuando se queda callado… ya – valí – grillo. Preferiría que me dijeran: “Se quemó tu casa” a sentir esa mirada que puede desbarrancar todas mis voluntades.

Nuestros niños tienen mayores retos y en nuestro afán de allanarles el camino, les estamos menguando habilidades para enfrentarlos. Al salir de casa para ir a la universidad no se van a encontrar con un halo protector… por el contrario… se meterán de cabeza en un mundo de competencia sin límites.

Enseñemos que el respeto no tiene nada que ver con el servilismo. Es posible que ahora lo vean como algo intrascendente, pero les será muy útil a la hora de aprender de un superior en su carrera laboral.

Jorge de Córdoba
San Juan del Río, Qro.
Querétaro de Arteaga
México

Comentarios

comentarios