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2016, el año de Yuliana

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2016 fue un año variopinto, marcado en lo nacional por el desarrollo y culminación de los últimos detalles de la negociación entre el Gobierno y la guerrilla de las Farc, un resultado imprevisto, inesperado y decepcionante en el plebiscito por la paz al ganar el NO, una refrendación de los acuerdos vía Congreso ante la imposibilidad de haberlos refrendado por el voto popular y finalmente, el pomposo Nobel de Paz para el presidente Juan Manuel Santos por haber logrado firmar esos acuerdos que casi no puede refrendar.

De otra parte, la tragedia se presentó en un vuelo que venía desde Brasil y que no alcanzó a aterrizar en Medellín por falta de combustible, vistiendo de luto al deporte mundial al fallecer casi toda la delegación del equipo Chapecoense que venía a jugar la final de la Copa Sudamericana contra Atlético Nacional. En el ámbito internacional, el mundo no fue ajeno a las elecciones locas. Los ingleses dijeron good bye a la Unión Europea y los estadounidenses eligieron al inelegible Donald Trump. Todo al revés. El terrorismo aceleró su paso devastador por todo el mundo en los cinco continentes, ensañándose especialmente con Francia y Alemania, y Siria, pobre Siria, se siguió sumiendo en el dolor de la guerra más sangrienta e incomprensible del mundo contemporáneo.

Se me quedarán muchos hechos importantes por fuera, de acá y de otras latitudes. Sin embargo, el hecho que sin duda marcó mi 2016 fue la aterradora, cruel, infame e inexplicable muerte de la niña de siete años Yuliana Andrea Samboní Muñoz. No solo fue asesinada la pequeña Yuliana. Además fue raptada, torturada y violada por su desquisiado perpetrador.

Los relatos, pruebas, indicios, conjeturas y hechos posteriores y subyacentes que rodearon la macabra muerte de la niña Yuliana Samboní han sido ampliamente difundidos por los medios de comunicación, y la Fiscalía General ha sido especialmente diligente con el seguimiento de este episodio. Por eso no entraré en detalles sobre el caso, pero sí intentaré destacar algunos rasgos de este triste suceso que me permiten bautizar al 2016 como el año de Yuliana.

Primero, es un hecho evidente que ser niño o niña en Colombia es una actividad de alto riesgo. Según las cifras de Medicina Legal, en promedio 250 niños y niñas mueren violentamente a manos de adultos anualmente en el país. Además, cada año Medicina Legal practica 16 mil exámenes por presunto abuso sexual a menores de 14 años. Y para completar en 2016, solo en la Guajira, 81 infantes murieron por desnutrición. Hay que ser muy caradura para hablar de esperanza y paz en un país que da este trato a sus niños.

En segundo lugar, los elementos sociales, clasistas y urbano-rurales que rodearon el caso de la pequeña Yuliana parecen una caricatura bizarra de las dinámicas de la violencia en Colombia. Un niño rico, díscolo, caprichoso y consentido, que además es un drogadicto empedernido que no conocía los límites de la ley porque siempre había vivido en la burbuja de complacencia y confort que le construyó su familia “divinamente” y de la “alta sociedad capitalina”, no tuvo ningún reato de conciencia para acudir en varias ocasiones a la cacería de su presa a unas pocas cuadras de su casa hasta que finalmente la raptó. Porque en Colombia, y especialmente en Bogotá, la riqueza y la pobreza cohabitan, son divididas por apenas unas calles que pasan del polvo al asfalto, de la casucha a la mansión y de la miseria a la opulencia.

Rafael Uribe Noguera secuestró, violó, torturó y asesinó a la pequeña Yuliana Andrea Samboní Muñoz porque se creía con el derecho de hacerlo. Porque él era rico y ella era pobre. Porque él era hombre y ella mujer. Porque él era adulto y ella una niña. Porque él era blanco y ella era indígena. Porque él era de la capital, de la ciudad más grande, un citadino y ella era de una humilde vereda perdida en las montañas de Cauca, una campesina. Porque él hace parte de una sociedad en donde sin esfuerzo está en la cúspide de la pirámide y ella está en lo más recóndito de la base. De una pirámide de cima estrecha, exclusiva y excluyente y de un piso amplio, relegado, abandonado y triste.

En Colombia el 1.5% de la población posee el 52% de la tierra. Este es un dato claro para ver cuán empinada es esta pirámide. Uribe Noguera representa todo el poder de los opresores históricos de nuestra vida republicana. La pequeña Yuliana representa a la población más vulnerable y oprimida desde que los españoles desembarcaron en las costas de América a finales del siglo XV. Por eso resulta alegórico, un símbolo cruel, gráfico y descarnado que la manifestación histórica de la clase dominante del país haya raptado, violado, torturado y asesinado a la muestra de las clases más desvalidas y atropelladas, a una personita que tenía todas las características de todas las poblaciones vulnerables del país. Es como si toda nuestra historia se hubiera condensado en un hecho puntual, en dos íconos de la representación de lo que somos, en la demostración palpable de lo que son y han sido capaces de hacer nuestros opresores con nuestros oprimidos en todos los lugares y en todas las épocas.

En tercer lugar, ha sido imposible para mí abstraerme de mi condición de padre y de rememorar una y otra vez al niño que fui. Recuerdo que a mis siete años le tenía miedo a casi todo. Le tenía miedo a la oscuridad y a la soledad. Si se combinaban las dos, la oscuridad y la soledad, el pánico me hacia correr con una mueca de terror hacia la luz, hacia la compañía. Me daban miedo los regaños de mi mamá, la fuerza de mis hermanos y la seriedad de mi papá. Me daban miedo los ruidos estridentes y los susurros que no identificaba. Creía en fantasmas, en zombies, en momias y en todo lo que viniera de la muerte para asustarme. Me daba miedo no haber hecho la tarea y la amonestación de la maestra. Me daban miedo mis compañeritos fortachos y me daba miedo cruzar la calle solo. Mis siete años fueron la edad del miedo. Lo viví con intensidad a pesar de que nunca me pasó nada extraordinario, salvo una vez que se me movió una mesa de noche sola. Al final, creo que esa mesa no la movió nada distinto al miedo. Bien, todo esto lo digo porque creo que todos vivimos los siete años acompañados del miedo como algo natural al descubrir el mundo y sus riesgos, los verdaderos y los de la imaginación. Y lo digo porque no me imagino qué pudo sentir la pequeña Yuliana de siete años a la que sus peores temores se le volvieron una realidad tremendamente cruel, vacía de piedad y con toda la sevicia de un monstruo que se salió de cualquier pesadilla para hacerla sufrir, doler, desgarrar y sofocar hasta morir. Solo por empatía, por solidaridad, por mera curiosidad vuelva cada uno de ustedes a sus siete años y piense en lo que más le daba miedo. Ahora quizás estos recuerdos sean solo anécdotas. Para Yuliana Andrea Samboní Muñoz fue su último instante, su último respiro, su último juego infantil antes de terminar su existencia en las garras, en el pene, en los instintos más bajos y macabros del capricho de un maldito psicópata avalado por la complacencia de una familia permisiva y pusilánime. Yo recuerdo mis miedos de los siete años conteniendo la respiración porque siempre temí que se convirtieran en realidad. Ahora que se acaba este 2016, el año de Yuliana, no puedo sacarme de la cabeza a la pobre niña salida de una vereda de Bolívar, Cauca resistiéndose a los miedos más grandes de un niño: La muerte y el dolor. No lo puedo superar y tiemblo escribiendo estas líneas. No lo puedo evitar. No me puedo contener. Esto me deshace y me marca con un sello indeleble este 2016.

El 2016 para mí fue el año de Yuliana y su martirio se ha convertido en el símbolo de todo por lo que debemos luchar para recuperar la dignidad de un país vapuleado por sus clases dominantes. Que en 2017 la lucha por los derechos de los niños y las niñas se constituya en el verdadero camino hacia la paz. No entiendo cómo Juan Manuel Santos se pudo parar con tanto orgullo, altivez y convicción frente a la comunidad internacional para recibir un Nobel de Paz mientras en Colombia despedazaban la integridad, dignidad y vida de la pequeña Yuliana. No entiendo cómo se puede reducir una palabra tan importante y amplia como “paz” a una simple negociación entre dos actores violentos e interesados que solo están definiendo una repartición complaciente de poder mientras a nuestros niños y niñas los abusan, los torturan, los asesinan y los dejan morir de hambre. ¿Cuál paz? La paz está en reivindicar la memoria de la pequeña Yuliana para que esto jamás vuelva a pasar.

Feliz 2017 para todos ustedes. Que ojalá el próximo sea el año de los niños y las niñas de Colombia, por nuestro verdadero futuro, por nuestra verdadera paz.

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