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El olor de la Navidad

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No sé si alguien más también lo perciba, pero para mí la Navidad tiene un olor particular e inconfundible. Cuando se destapan las cajas donde estuvo guardada durante todo el año la decoración, con los muñecos de trapo, las luces, las flores y los moños de cinta de tela, emerge un aroma de nostalgia de la infancia y la fantasía: el mundo se enciende de nuevo. Entonces el olor sube y lo abarca todo, ganando lugar sobre los muebles, llenando los rincones, instalándose detrás de las cortinas. Y el Universo adquiere un color nuevo.

Luego las luces se encienden y el olor sigue ahí, mezclándose con el mundo infatigable que no se detiene. Entonces vienen los demás olores: el de la natilla, el de los buñuelos, el del vino, el de la torta de pan y los postres de frutas. La Navidad huele a felicidad, a recuerdos atesorados, a niñez cándida. Ese olor se junta y se hace una sola cosa con los sonidos de los villancicos que siempre han sido viejos pero que nadie puede reemplazar y de las canciones de Pastor López, la Billo’s Caracas, Rodolfo Aicardi, ‘El Loko’ Quintero, el último gigante en partir a la quietud inquebrantable de la eternidad, y allí, metida entre las notas, entre los golpes secos de la guacharaca y las notas escalonadas del bajo, estalla la pólvora que cada vez es más letal. De repente, la Navidad huele a todo lo que ya no volverá, porque se vuelve como un recuerdo que de tanto proyectarse se hace borroso, difuso, metafísico, etéreo.

Recuerdo las reuniones de Navidad en casa de mis abuelos, con la mesa llena de comida y la música de sus acetatos reproducidos en su inmenso equipo de sonido con bafles de madera. Los abrazos que ya no vuelven y las risas que ya no se escuchan porque los depositarios de esos recuerdos ya no están y habitan la memoria, entonces uno se traslada a esos años felices y lo dibuja todo con detalle, como reconstruyendo una pintura, como proyectando imágenes desvanecidas con un cinematógrafo. Así, el olor de la Navidad adquiere un aire de señorial melancolía porque es un olor de cosas que ya no están, porque el mundo tiene demasiada prisa como para recordar cómo eran las cosas antes y porque todos crecimos y tal vez nos hicimos viejos antes de tiempo a fuerza de cargar cosas en el alma. Y también porque hay cuerpos que ahora no son más que fotografías y apuntes en libretas viejas y frases que no suenan igual sin sus voces.

A eso huele la Navidad: a lo que ya no es y no volverá, a los recuerdos que serán, finalmente, lo único que nos quede a todos, lo único que nos salve del curso imparable de los acontecimientos. Porque dentro de un año, el olor de la Navidad volverá para llenar todos los rincones del mundo. Porque quizás la Navidad ya no volverá más un día, pero, a lo mejor, podremos recordarla si nos queda su olor.

Andrés Castañeda M.
@acastanedamunoz

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