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Víctimas

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Foto: Constanza Solórzano

Con los resultados del plebiscito, la respuesta ciudadana ha sido sorprendente, particularmente, porque tras doce años de estigmatización sobre el movimiento social los ciudadanos no tuvieron temor en manifestarse y sobre todo solidarizarse con las víctimas del conflicto armado. Y es que la respuesta ciudadana logró lo que en cinco años de política pública de atención y reparación parecía titánico: visibilizar a las víctimas.

Para todos en algún momento antes de esta gran movilización ciudadana por la paz, las víctimas eran iguales: desplazadas. Claro, existían algunas que eran sinónimo del pasado: los desaparecidos, y otras que siempre nos tuvieron en vilo: los secuestrados. Pero realmente, nadie lograba entender la complejidad, heterogeneidad de esta población que no caben en tres rótulos por el hecho que los victimizó, sino que tienen nombre, tiene deudas, tienen -algunos- más de dos familias, tienen esperanzas, tienen anhelos, tienes voz y voto, así lo demuestran día a día cuando enfrentan a la implementación de una política pública que con recursos o sin recursos intenta satisfacer sus derechos.

Las víctimas no son todas iguales, en el listado de ocho millones hay de todas las clases sociales, de todas las etnias, de todas las edades, de todas las regiones, de todos los pueblos y de todas las ciudades, una muestra significativa de lo que ha hecho el conflicto armado que sin discriminar logró quebrar la sociedad colombiana en lo más profundo, nunca nadie imaginó que la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras tendría un reto tan grande, no solo en atender a ocho millones de personas sino convencer a 54 millones (o más) que su tío, su abuelo, su paisano, su compañero de trabajo sufrió pero ahora sale adelante.

Ese quiebre en cierto momento logró preocupar a la sociedad que se manifestó contra los asesinatos, los secuestros, las emergencias humanitarias pero que con el tiempo se volvió indiferente porque cuando el presidente sale en televisión y dice: “seguramente no estaban recogiendo café” qué esperanza nos queda de que las cosas cambien. Sin embargo, con el acuerdo las cosas comenzaron a cambiar, las víctimas son mucho más que el relato del dolor, son personas capaces de proponer, de debatir, de exigir, de movilizar y sobre todo de discernir en la necesidad superior para toda la sociedad colombiana: la paz, para que nadie nunca pase por lo que ellos pasaron.

Su mensaje convenció a miles de manifestantes que les pidieron perdón porque el ‘No’ ganó, que los recibieron con flores en la principal plaza del país,  testigo de tantos episodios dolorosos y tan poco gloriosos. Sin duda, cuatro años de un acuerdo lograron que nos solidarizáramos con personas que le ponen el pecho a la guerra y aun así siguen creyendo en la fortaleza de lo comunitario, siguen apostando a la ciudadania, pueden sentarse hablar con los excombatientes incluso integrarlos a sus proyectos de vida comunitaria, se superan aprendiendo a leer, a escribir, exigen que sus niños no mueran de hambre, en fin tantas cosas que no sabemos y que seguramente los representantes del ‘No’ tienden a estigmatizar, porque para ellos la guerra no existe y es un tema que solo puede ser tratado entre los que tienen las armas.

Ocho millones de personas -que están inscritas en el RUV- no solamente tienen derecho a la verdad, a la justicia, a la reparación y a la no repetición, también tienen derecho a ser dignificadas de la mejor manera posible: con un acuerdo digno para ellas, un acuerdo que termine la violencia y sobre todo les devuelva un poco de esperanza.

Margarita González
@Masterenplastil

 

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