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Que sea la última

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La verdad es que ya perdí la cuenta. No sé cuántas veces he roto mi promesa de no volver a escribir nada sobre Álvaro Uribe. Me lo había prometido muchas veces, básicamente, porque escribir sobre el expresidente no sirve para nada. Es ante todo un desgaste energético innecesario y nada más.

Escribir sobre Uribe, y por conexidad sobre su movimiento político personalista y sus fanáticos iracundos no sirve para nada por varias razones. La primera es que los autodenominados anti-uribistas no necesitan razones para ser anti-uribistas, y escribir entonces pensado en un público objetivo como ese es un acto de autocomplacencia que no lleva a ninguna parte. De hecho, pretender ser anti-uribista tampoco sirve para nada. Yo, por ejemplo, me considero como tal. Me basta con no ser uribista. No permito que una persona como Uribe me defina políticamente.

La segunda es porque los uribistas no van a dejar de ser uribistas. Así les pongan en frente las pruebas que lo relacionen con el paramilitarismo, así sus contradicciones se hagan cada vez más evidentes, los uribistas no van a dejar de serlo. De hecho, siempre van a encontrar una manera de justificarlo. El uribismo es un estado mental alterado, como lo son todos los fanatismos.

Pero es lógico que lo sea, siendo como es, un culto a la personalidad de un hombre de la calidad de Uribe, tan fanático de sí mismo. Uribe es un megalómano, un mitómano plenamente convencido de su mentira, de su versión de sí mismo. Y va por ahí, diciendo impunemente sus mentiras, seguro de que sus furiosos seguidores van a creerle y a repetir su verdad acomodada y egoísta. Por eso sin descaro sostiene falsedades insostenibles: la paz castrochavista, la claudicación del Estado ante la guerrilla, la entrega al terrorismo. Una suerte de diatriba constante en contra de todo, en pos de su figura, de su discurso desgastado, de su intransigencia.

Además de otras cosas. La semana pasada casi embiste contra otro senador, mientras repetía que él es un varón. Ya ha quedado claro que buscó negociar con las Farc y que les ofreció zona de despeje en el valle del Cauca y cese bilateral del fuego. Mucho más de lo que les ofrece el actual gobierno. También que negoció dos años con el Eln en Cuba, en la cuna del castrochavismo, y que eso, por supuesto, lo hizo a espaldas del país.  Y así, cuando su perorata se va agotando, el mito de Uribe se va derrumbando, poco a poco. A estas alturas ya nadie debería creerle. Pero queda el furibismo, por supuesto, hecho a su imagen y semenjanza. Queda ese movimiento lleno de personas como el congresista -cuyo nombre por fortuna ignoro- que dijo que era un honor cargarle el maletín a Uribe, o Paloma Valencia y su uribismo demente y gritón, o María Fernanda Cabal con sus infiernos, sus negros que se agarran de las mechas y sus movimientos neonazis a su servicio, o el patriota, blanco y fascista, que posa orgulloso para fotos empuñando armas y que reta a duelos e insulta y amenaza de muerte. Un movimiento que no va a dejar de ser porque uno le dedique su tiempo a escribir una columna sobre Uribe.

Y no me sorprende: 70 años después, todavía hay adoradores de Hitler.

Así que escribir sobre él no vale la pena. Pero sucede que Uribe es, sin duda, el político más importante de este país, y eso, sin duda también, habla muy mal de la política colombiana. Entonces, ya terminando esta columna, vuelvo a prometerme no volver a escribir sobre Uribe, vuelvo a pedir que sea la última vez que rompo esa promesa. Que sea la última.


Andrés Felipe Castañeda
@acastanedamunoz

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